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OSCAR WILDE

Philip Core: The Lie That Tells the Truth.

OSCAR WILDE

WILDE, Oscar Fingall O'Flahertie Wills (1854-1900). Aunque se ha hecho de él el protagonista de los años 1890, Oscar Wilde fue en gran medida un retoño de los años 1870, en los que el prerrafaelismo beato y el neoclasicismo erudito se mezclaron en una doctrina embriagadora y confusa que Wilde popularizó como esteticismo en los años 1880 –después de que hubiera pasado un poco de moda. Antes de revisar los aspectos camp de la carrera de Wilde, tan conocidos hoy, vale la pena detenerse un momento para recordar sus tempranos viajes a Grecia e Italia; su fascinación perenne por el papa; y recordar que, como Keats, adoraba el mundo de la antigüedad como símbolo de Belleza (no como paradigma moral), y que sus años en Oxford fueron supuestamente los de un clasicista, tanto como un esteta y persona afín a la emergente Sociedad Fabiana. Por debajo de sus influjos franceses, Oscar Wilde fue un exuberante producto del sistema de educación pública de su tiempo, impregnado de cultura clásica, sobre la que varios maestros (entre ellos el brillante Oscar Browning, víctima él mismo de chantaje homosexual) habían advertido de que podría estimular ciertas tendencias peligrosas.

El flamante esteticismo de Oscar estuvo salpicado de referencias clásicas y alusiones a la antigüedad griega; incluso en su momento de mayor auge, Frank Harris dejó constancia de que se sentaba en el Café Royal y describía las espléndidas bellezas de los juegos olímpicos a un par de ligues cockneys. De estilo neroniano, Wilde basó gran parte de su filosofía en ideas que proceden de Platón de la misma forma que la escultura helenística procede de Praxiteles. Pero las clases medias y bajas, a las que Wilde predicaba como conferenciante y periodista de mercadillo, no hablaban este lenguaje. Para ellas, tenía que aparecer por fuerza tan bizarro y desviado (y solo comprensible en términos de anomalía sexual) como las bufonadas de un marica.

El submundo camp en el que Wilde se internó en cuanto dejó Oxford se parecía mucho al de cualquier homosexual de hace veinte años. Travestismo, nombres de mujer, una vida doméstica puritana: estas eran las salidas habituales para la homsexualidad frustrada. Hacia 1890, un cierto submundo gay se había desarrollado en Londres, con bailes drag, y hasta prostitutas drag (que se ofrecían principalmente en el paseo del Alhambra Music Hall). Era este medio, con sus “Jemnies” y “Nellies”, el que aportaría a Wilde lo que ahora se asocia, sorprendentemente, con un comercio violento –cuando debía tratarse más bien de jóvenes afeminados de clase trabajadora, los “chicos guapos y limpios” que, según un testigo del proceso judicial, le gustaban a Wilde.

Se han escrito tantas biografías de Wilde que resulta supefluo dar cualquier información sobre él. Es interesante que, en todas las bibliotecas a las que he acudido, las ilustraciones de estas biografías han sido robadas. Como Brummell, Wilde hizo que su presencia en los grabados tuviera algo indefinible que se fetichizó tras su débâcle. La estilización exuberante de sí mismo se ha hecho irresistible para la curiosa posteridad; se puede decir que Wilde consiguió exactamente lo que Robert de Montesquiou persiguió inútilmente, “que alguien amara mi arte hasta el extremo de desear mi cuerpo”. Esto, desde luego, si entendemos “arte” con el significado de “vida”. En una fascinante declaración, Wilde sostuvo sin pudor su preferencia camp por el acto de ser, y lo hizo de una forma tan abierta que el significado estricto de esa afirmación ha pasado desapercibido; porque, ¿qué significa: “Puse mi genio en mi vida, y mi talento en mi arte”?

Wilde fue un poseur incansable, que incluso en De Profundis mantuvo su caracterización como un rebelde de la moralidad contemporánea con frases como “fui un señor del lenguaje” y “me veo sentado en el cenagal más bajo de Malebolge, entre Gilles de Retz y el marqués de Sade”. En realidad era un escritor de mediana edad, con sobrepeso e insolvente, que estaba en la cárcel, lo que no dejaba de ser una crueldad, por haber quebrantado las leyes indiscutidas de su tiempo. Es la necesidad y el talento de disfrazar esta verdad bajo un manto multicolor lo que resulta esencialmente camp, y no difiere de las poses estéticas de Oscar en los años 1880 y 1890. Al fin y al cabo, él mismo dijo: “no es difícil bajar por Piccadilly llevando una azucena, lo difícil es hacer que la gente se crea que lo hice”.

El punto de vista camp se expresa perfectamente, y de forma muy temprana en su periodo de bombachos de terciopelo, cuando alguien por la calle bufaba: “ahí va ese maldito estúpido, Oscar Wilde”. El joven poeta le comentó con languidez a un amigo: “es extraordinario lo rápido que uno se hace famoso en Londres”. Wilde fue uno de los primeros puntos de inflexión del camp, y uno de los primeros en utilizar la nostalgia como elemento de trabajo. De Brummell, Wilde tomó la languidez y la insolencia; de D'Orsay su forma de vestir. Él añadió a esos absurdos un nuevo elemento, para el que los amaneramientos de los dandis ya habían preparado a la sociedad: el epigrama absurdo, que se explica por sí mismo y al mismo tiempo carece de sentido, que le permitió justificar sus posiciones y repeler los ataques de los críticos:

“El cigarrillo es el placer perfecto; estimula pero no satisface” (esto dicho por un fumador y glotón compulsivo, cuya oralidad era obvia, puede que incluso para él en sus implicaciones psicológicas).

“Los caballeros ingleses cazando al zorro son lo innombrable en airada persecución de lo incomible” (esto dicho por un hombre que evitaba las actividades al aire libre, y que así se hizo acreedor de la reprobación contemporánea hacia los que no cazaban ni disparaban).

“Me temo que los ingleses no podrían soportarlo si empezara un nuevo siglo y yo aún estuviera vivo” (aun enfermo y arruinado, Oscar se coloca a sí mismo en una posición dramática, como si los ojos de todo el mundo estuvieran volcados en él, cuando en realidad se habían apartado deliberadamente –pero un comentario como este demuestra también una gran confianza en sí mismo, el conocimiento de que su actuación no dejaría de tener un público: en esto, Wilde fue camp hasta el final).

Es adecuado mencionar de pasada que la muerte de Wilde estuvo marcada por una de las pocas agudezas registradas de su amigo Reggie Turner. Puro, leal, gay, objetivo incesante de las cariñosas caricaturas de Beerbohm, Reggie se hizo cargo de Wilde durante su brote final de meningitis en París en 1900. Una noche, Oscar se despertó en medio de una pesadilla, gritando: “soñé que estaba cenando con los muertos”. Al momento lo calmó la respuesta de Reggie: “estoy seguro de que fuiste el alma de la fiesta”. Oscar podría haberse apropiado del comentario si hubiera vivido más tiempo, justificando la respuesta susceptible de Whistler a su comentario de que ojalá hubiera sido él el autor de uno de los epigramas de la Mariposa: “Lo serás, Oscar, lo serás”. Whistler no era tonto.

Uno de los primeros ejemplos de creación camp, breve, perfecto e indefinidamente malvado, es el temprano poema de John Betjeman, El arresto de Oscar Wilde en el hotel Cadogan, cuyo motivo demuestra que cualquier cosa que capte el aura de de Wilde posee fascinación intemporal. Las referencias históricas que contiene el poema representan uno de los mejores aspectos del camp intelectual; es un poema sobre una fascinación personal que deja su huella en forma de humor distante. Que Oscar nos deje con el elegante cuarteto que pone fin al poema de Betjeman:

He rose and he put down The Yellow Book,

He staggered and, terrible-eyed,

He brushed past the psalms on the staircase

And was helped to a hansom outside.

Se levantó y posó The Yellow Book,

Tambaleándose, con ojos terribles,

Pasó rozando los salmos en la escalera

Y lo ayudaron a subir a un cabriolé afuera.

 Philip Core: The Lie That Tells the Truth.

Traducción de texto: Javier Oliva