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John Cassavetes

Programa 5: Husbands (1970)

DOMINGO 27 OCT / 20:00h   
FILMOTECA DE CANTABRIA 

Husbands-1

El pionero cineasta independiente John Cassavetes lleva al límite su realismo emocional crudo y sin concesiones en este retrato inquebrantable de la masculinidad en crisis. Cassavetes se une a Ben Gazzara y Peter Falk -ambos se convertirían en colaboradores clave del director- para interpretar a un trío de hombres de familia de mediana edad de Long Island que, tras la repentina muerte de su íntimo amigo común, canalizan su dolor en una épica juerga de varios días que les lleva de Manhattan a Londres en una búsqueda desesperada y desenfrenada por sentirse vivos. Esta "comedia sobre la vida, la muerte y la libertad" (como rezaba su eslogan), dolorosamente divertida y desgarradoramente perspicaz, es quizá la deconstrucción más audaz y desgarradoramente sincera de la virilidad estadounidense jamás llevada al cine.

The trailblazing independent auteur John Cassavetes pushes his raw, uncompromising emotional realism to its limit in this unflinching portrait of masculinity in crisis. Cassavetes joins Ben Gazzara and Peter Falk—both of whom would become key collaborators of the director’s—playing a trio of middle-aged Long Island family men who, following the sudden death of their close mutual friend, channel their grief into an epic, multiday bender that takes them from Manhattan to London in a desperate, debauched quest to feel alive. By turns painfully funny and woundingly perceptive, this “comedy about life, death, and freedom” (as its tagline stated) stands as perhaps the most fearless, harrowingly honest deconstruction of American manhood ever committed to film.

Maridos es una comedia dramática estadounidense de 1970 escrita y dirigida por John Cassavetes. Está protagonizada por Ben Gazzara, Peter Falk y Cassavetes, que interpretan a tres hombres de clase media en plena crisis de los cuarenta tras la muerte de un amigo íntimo.

Distribuida por Columbia Pictures, Maridos polarizó a la crítica tras su estreno. Jay Cocks, de Time, la describió como la mejor obra de Cassavetes, pero otros críticos, como Vincent Canby, Pauline Kael y Roger Ebert, la criticaron duramente.

Producción

Cassavetes ha declarado que se trataba de una película muy personal para él, ya que había experimentado la pérdida de un ser querido cuando su hermano mayor murió a la edad de 30 años.

Cassavetes escribió los diálogos después de improvisar con Falk y Gazzara, y construyó los personajes en torno a las personalidades de los actores. Falk declaró que Cassavetes le pidió que apareciera en Maridos durante un almuerzo en el que Cassavetes aceptó aparecer con Falk en la película de Elaine May Mikey y Nicky, de 1976. Falk declaró que él y Gazzara contribuyeron al guión de Maridos, pero que la historia, la estructura y las escenas fueron ideadas por Cassavetes. Falk sugirió la escena del final de la película en la que Archie y Gus llegan a casa y se reparten los regalos. Una escena entre Archie y Julie se improvisó en una habitación de hotel, con Cassavetes ante la cámara y sin la presencia de ningún otro miembro del equipo.

Husbands is a 1970 American comedy-drama film written and directed by John Cassavetes. It stars Ben Gazzara, Peter Falk, and Cassavetes as three middle class men in the throes of a midlife crisis following the death of a close friend.

Distributed by Columbia Pictures, Husbands polarized critics upon release. Jay Cocks of Time described it as Cassavetes's finest work, but other critics, including Vincent Canby, Pauline Kael, and Roger Ebert, lambasted it.

Cassavetes has stated that this was a very personal film for him, having experienced the loss of a loved one after his older brother died at the age of 30.

Cassavetes wrote the dialogue after improvising with Falk and Gazzara, and built the characters around the personalities of the actors. Falk said that he was asked by Cassavetes to appear in Husbands at a lunch meeting at which Cassavetes agreed to appear with Falk in the 1976 Elaine May film Mikey and Nicky. Falk said that he and Gazzara contributed to the Husbands script, but that the story, structure and scenes were devised by Cassavetes. Falk suggested the scene at the end of the movie where Archie and Gus arrive home and divide up the gifts. A scene between Archie and Julie was improvised in a hotel room, with Cassavetes at the camera and no other crew present

Promoción

El 18 de septiembre de 1970, Cassavetes, Falk y Gazzara aparecieron en The Dick Cavett Show, aparentemente para promocionar el estreno de Maridos. Sin embargo, evitaron activamente casi todas las preguntas que Cavett les hizo sobre la película, y más tarde admitieron haber bebido alcohol antes del programa.

On September 18, 1970, Cassavetes, Falk, and Gazzara appeared on The Dick Cavett Show, ostensibly to promote the release of Husbands. However, they actively avoided almost every question Cavett asked about the film, and later admitted to drinking alcohol before the show.

Montaje de la película

Cassavetes cortó unos 85 minutos de metraje de la película para acortarla a los 140 minutos exigidos por contrato. Después de su estreno, la distribuidora Columbia Pictures eliminó 11 minutos más de la película en respuesta a las críticas negativas y a los abandonos del público.

Cassavetes cut around 85 minutes of footage from the film in order to shorten it to its contractual requirement of 140 minutes. After the film was released, distributor Columbia Pictures cut removed an additional 11 minutes from the film in response to negative reviews and audience walkouts.

Recepción crítica

Tras su estreno, Maridos recibió críticas dispares por parte de la crítica. Jay Cocks, de Time, escribió que «Maridos puede ser una de las mejores películas que nadie verá jamás. Sin duda es la mejor película que alguien vivirá». La describió como una película importante y grandiosa, y como la mejor obra de Cassavetes. En respuesta, Roger Ebert, del Chicago Sun-Times, escribió que «rara vez Time ha dado una crítica mejor a una película peor». Ebert dio a la película dos de cuatro estrellas, y escribió que «muestra a un importante director no sólo fracasando, sino ni siquiera entendiendo por qué». También criticó las improvisaciones, escribiendo: «Hay largos pasajes de diálogo en los que los actores parecen estar intentando pensar en algo que decir».

Pauline Kael, del New Yorker, describió Maridos como «infantil y ofensiva». Escribiendo para el New York Times, el crítico Vincent Canby calificó la película de «insoportablemente larga», y concluyó de los tres personajes que «cuando todo acaba, están cansados, pero no mucho más sabios, que es más o menos la suma y la sustancia de Maridos.» Tony Mastroianni, del Cleveland Press, escribió que «el diálogo [de la película] consiste en fragmentos, en exclamaciones, en tres actores que intentan eclipsarse unos a otros. Lo que se ha hecho es indisciplinado y lo que se nos ha dado es poco selectivo. La cámara corre y se limita a registrar todo lo que pasa ante ella. El micrófono escucha. Es como una película casera de gran presupuesto».

Stanley Kauffmann, del New Republic, describió Maridos como «basura con ropa».

Gene Siskel, del Chicago Tribune, la incluyó en su lista de las diez mejores películas del año.

En una evaluación retrospectiva de la película, Philip French, del Observer, la calificó de «muy desigual, dolorosamente interminable, profundamente sincera, salvajemente misógina y a veces angustiosamente tediosa. También es intermitentemente brillante, con momentos de penetrante honestidad. Sin embargo, no hay ni una sola línea de diálogo memorable ni nada que pueda pasar por ingenioso». Por otro lado, las dotes de Cassavetes como director de actores son evidentes». Por el contrario, Richard Brody, del New Yorker, calificó la película de «obra formalmente radical y profundamente personal» que «sigue deparando muchas sorpresas». Dave Calhoun, de Time Out, también valoró positivamente la película, otorgándole cuatro de cinco estrellas

Upon release, Husbands received disparate reviews from critics. Jay Cocks of Time wrote that "Husbands may be one of the best movies anyone will ever see. It is certainly the best movie anyone will ever live through." He described it as an important and great film, and as Cassavetes' finest work. In response, Roger Ebert of the Chicago Sun-Times wrote that "seldom has Time given a better review to a worse movie." Ebert gave the film two out of four stars, and wrote that it "shows an important director not merely failing, but not even understanding why." He also criticized the improvisations, writing: "There are long passages of dialogue in which the actors seem to be trying to think of something to say."

Pauline Kael of The New Yorker described Husbands as "infantile and offensive." Writing for The New York Times, critic Vincent Canby called the film "unbearably long", and concluded of the three characters that "when it's all over, they are tired, but not much wiser—which is pretty much the sum and substance of Husbands." Tony Mastroianni of the Cleveland Press wrote that the "[film's] dialog consists of fragments, of exclamations, of three actors trying to upstage each other. What has been done is undisciplined and what has been given us is unselective. The camera runs and simply photographs everything that passes before it. The microphone listens. It is like a big budget home movie."

Stanley Kauffmann of The New Republic described Husbands as 'trash with clothes on'.

Gene Siskel of the Chicago Tribune included the film on his list of top 10 films of the year.

In a retrospective assessment of the film, Philip French of The Observer called it "highly uneven, painfully drawn-out, deeply sincere, wildly misogynistic and at times agonisingly tedious. It is also intermittently brilliant, with moments of piercing honesty. There is, however, not a single memorable line of dialogue or anything that might pass for wit. On the other hand, Cassavetes's gifts as a director of actors are evident." Conversely, Richard Brody of The New Yorker called the film a "formally radical, deeply personal work" that "still packs plenty of surprises." Dave Calhoun of Time Out also gave the film a positive review, awarding it four out of five stars.

Husbands

El último viaje

A pesar de iniciarse con un rítmico acompañamiento que prefigura ya la explosión del funk en años venideros (y que parece salido de algunos de los álbumes que lo anuncian, como Osmium de Parliament o Uncle Meat de Frank Zappa), no es Husbands (John Cassavetes, 1970) un filme que parta de algo concreto para proyectarse en una nueva clave. La que seguramente sea la obra cumbre de John Cassavetes, tan impresionante ahora como hace 40 años, es más bien uno de esos pasos adelante que dejan a cualquier cineasta al borde de su propio abismo creativo.

El cine americano necesitaba a Cassavetes. No sé, sin embargo, aunque me lo puedo imaginar, qué pasaría hoy día si alguien estrenara algo como Faces (1968), tan “en bruto” y “renovador” y, a continuación, un filme de un acabado tan depurado y limpio, tan desconcertante como Husbands.

Algo importante debe de fallar en la consideración generalizada y recurrente que se tiene de un director si una de sus películas más importantes (cuando no casi todas) desmiente casi punto por punto la retahíla de adjetivos, tópicos, estigmas y marcas de fábrica – a medio camino entre el elogio a su autenticidad y la imposibilidad de incluirlo en categoría alguna- asociadas a su nombre: improvisador, cálido, descuidado, jazzístico, volcado con sus actores y actrices, directo. Husbands es codificada, estoica, brutal y sobre todo una clase maestra de montaje y encuadre.

Apenas iniciada, con la escena del entierro del amigo fallecido de los protagonistas, al que solo hemos visto en las instantáneas del comienzo, ya hay tres pequeñas pero elocuentes muestras de sus intenciones e intereses.

El sacerdote glosa la figura del difunto y al referirse a sus amigos, su mujer y sus hijas, comenta, como siempre y como diría de cualquiera, lo difícil que va a ser para todos habituarse a su pérdida y al vacío que dejará. La cámara barre sus rostros, impasibles y tomados con una inusual distancia, como si se hubiese usado un teleobjetivo, y finaliza posándose delante de su mujer y su hija, que está distraída, cansada y hasta parece que juguetona. Los planos, en ambos casos, se interrumpen uno, dos segundos antes de “lo esperado”, cuando todavía los gestos son apenas un esbozo. Unos momentos después, Archie, Gus y Harry se acercan a saludar a la viuda. Cassavetes recoge los abrazos de dos de ellos, cortando el tercero. A ella no la veremos más en el filme.

En ambas escenas ya se manifiesta, acaso simbólicamente, una de las características más inasibles y especiales del cine de Cassavetes. Las imágenes nunca comentan la acción, ni la aclaran, ni la amplían; solo la muestran. Ni podemos suponer qué relación tenían sus amigos y familia con Stuart, qué opinaban de él, cómo era para los suyos, ni podemos saber qué será de su mujer ahora que él no está, ni intuir, como en tantos filmes, si alguno de los tres amigos tuvo o podría tener algo que ver con ella por el simple gesto de cómo se funde con ella en ese saludo.

El posible cripticismo y el anteriormente aludido descuido son, en realidad, un raro respeto, no tanto a la intimidad de los personajes, que se mostrarán impúdicamente sinceros más tarde, sino a la capacidad del cine para aprehender lo que piensan, cómo son en realidad, hasta dónde llega el límite de lo “comunicable”. De hecho, no sabremos en el transcurso del filme gran cosa sobre las relaciones conyugales de ellos con sus respectivas mujeres ni si sus vidas familiares son insatisfactorias, simplemente rutinarias o hasta razonablemente felices porque esto no afecta a los comportamientos, que explotarán, como todo lo que hacen, “en grupo”, todos a una, despreciando el equilibrio.
Tras el entierro, y se diría que siguiendo una costumbre, los tres amigos se van a jugar un partidillo de baloncesto, bromeando, como si nada hubiese pasado. La escena del juego es tomada desde una esquina inerte de la cancha, asépticamente, sin intercalar planos de situación desde dentro del juego. Pueriles, infantiles, inmaduros o insensibles. Podemos pensar lo que queramos de ellos y quizá más tarde pensemos algo peor, pero no se nos ha dado la oportunidad de juzgarlos haciéndonos “partícipes” de la acción.

Cassavetes utiliza los encuadres con una intención muy concreta, que nunca obedece al criterio que suele ser la máxima de su proclamado estilo: ver lo mejor posible. Antes bien, se ocupa de procurarnos una posición dentro de cada escena, que casi siempre suele ser la de observador indiscreto, incluso poniéndonos en una situación y un punto de vista incómodos, la mayoría de las veces obligándonos a ir a un paso que nos resulta difícil de seguir. Es una cuestión de ritmo.

Sucede así en los dos bloques siguientes: el de la fiesta y el de la primera catarsis de los amigos en los lavabos del local. En el primero de ellos, la cámara se sitúa entre los cuerpos de los asistentes, por encima de sus hombros y cabezas o a la altura de la mesa, siempre desde puntos de vista complicados. Ese festejo incoherente, aburrido, lleno de momentos de tensión que a punto están de derivar en una trifulca, es demasiado largo y repetitivo, no aporta información sobre nada que no quede diáfanamente claro más tarde o que no pudiésemos haber intuido antes y es estrictamente prescindible a nivel narrativo. Si permanece en el montaje es probablemente porque Cassavetes quiere disponernos para la siguiente escena que nace del hastío de haber repetido mil veces ceremonias vacías para celebrar algo o enjugar los sinsabores de la vida. No debe, por tanto, sorprender que toda la distancia anterior se torne repentinamente en acoso de la cámara a los tres personajes, que hasta ahora siempre habíamos visto cumpliendo ritos sociales, cuando se encuentran solos. Los ángulos se cierran bruscamente, la intrascendencia y la banalidad se tornan dolorosamente reales y da comienzo la “investigación” sobre los comportamientos. Bajo nuestros pies es retirada la red que nos había mantenido “a salvo” del drama: desde ese momento, la película se vuelve un espejo.

Hablar a partir de aquí de conclusiones o respuestas es una temeridad. La durísima escena en la que Harry (Ben Gazzara) discute con su mujer y su suegra, de las que se quiere despedir para siempre, es ya tan violenta (y, por tanto, real) como alucinógena e ilógica, marcada por una “suspensión de la coherencia” que presidirá ya todo el filme, como anunciándonos que ya podemos esperar cualquier cosa. Que se larguen, sin pensarlo dos segundos, a Londres y que allí sucedan las más variopintas situaciones, por ejemplo.

A John Cassavetes le hubiese sido muy fácil y hasta hubiera cosechado ditirámbicos elogios si hubiese aprovechado para tomar desde ese punto dos caminos estériles: el típico descenso a los infiernos, aunque se disfrace de subida a los cielos, que sofoque o libere por fin las tensiones acumuladas por toda una vida de trabajo y orden – que algún día terminará tan miserablemente como la de Stuart- y la episódica, irónica observación de la frustración por las crisis de mediana edad y hasta dónde puede llegar la estupidez masculina si se reducen las mujeres a elementos decorativos. Muy poco después, buenos réditos les proporcionaron a Marco Ferreri y Claude Sautet tomarlos, respectivamente, en La gran comilona (Le grande bouffe, 1973) y Vincent, François, Paul… et les autres (1974).

Pero Husbands, en cambio, opta por tomar un camino más cercano al que ya transitaron The sun also rises (Henry King, 1957) o, yéndonos más atrás, The last flight (William Dieterle, 1931); no será casualidad, dos obras sobre una generación perdida, acaso “la” generación perdida, que vaga sin rumbo, como si la vida hubiese sido una equivocación, sin retórica barata, un sinsentido que solo puede ser endulzado con alcohol y anarquía. La inoperancia de sus conductas y el hecho de que acaben echando en falta (tan torpemente y con tanto desatino como hacen con la opción tomada) lo que dejaron en EE.UU. aborta cualquier elemento romántico que sí está presente en aquellas obras ambientadas en los años veinte.

Desubicación. Llegan al hotel y se quedan en el baño, van al casino y tratan de ligar patéticamente; consiguen, sin embargo, llevarse chicas a las habitaciones y allí Gus casi estrangula a una de ellas mientras retoza en la cama y Archie pierde los papeles con una oriental por el solo hecho de que no dice ni una palabra… Cassavetes dispone todo el abanico posible de resortes del montaje y el encuadre para sacar el mayor partido posible a las situaciones.

No hay más que ver y es solo uno de muchos ejemplos, en el Casino, cómo recoge los tres intentos consecutivos, en orden creciente de éxito, de los tres amigos con las chicas. Cuando lo intenta Harry, chulescamente, solo vemos el rostro de ella, que no sabe cómo sacarse de encima a un tipo tan engolado. Al pobre Archie (Peter Falk) no se le ocurre otra cosa que intentarlo con una mujer bastante mayor que él, que, ofendida, lo toma por un chiflado. Cassavetes toma solo el rostro de Archie y cómo encaja su fracaso. Gus, en cambio, parece que congenia bien con una chica. Luego se revelará tan o más desesperado que todos ellos, pero en primera instancia Cassavetes los toma (se recoge a sí mismo, pues es el personaje que interpreta) frontalmente, en el mismo plano. Los minutos finales, con el baile en la habitación del hotel y la llegada a casa son un misterio.

No sabemos qué pasó con Harry. Lo que pasará con Archie, que ya no escucha a su amigo -extraordinario momento en la calle con Gus petrificado mientras Archie comprueba meticulosamente la compra que éste porta, como si nada hubiese pasado, recuperando la normalidad como un robot y disponiéndose para certificar el final de su amistad, de una emoción incontenible – y con Gus, recibido por el desgarrador llanto de su hijo, tampoco.

Jesús Cortés, 6 de agosto de 2010,
cinentransit.com