Howard Hawks: 

Red Line 7000 (1965)

MIÉRCOLES 01 DIC / 19:00h
CINE LOS ÁNGELES - SANTANDER

Director: Howard Hawks
Guión: George Kirgo y Steve McNeil (no acreditado). Historia: Howard Hawks
Dirección artística: Hal Pereira y Arthur Lonergan
Montaje: Bill Brame y Stuart Gilmore
Fotografía: Milton R. Krasner (Color, 35mm, 1:1,85)
Música: Nelson Riddle
Reparto:  James Caan, Laura Devon, Gail Hire, Charlene Holt, John Robert Crawford, Marianna Hill
Productora: Laurel Productions, Paramount Pictures (EE.UU.)
Distribuidora: Paramount Pictures
Duración: 110 min.
Formato de proyección: DCP (copia restaurada)

*Presentación: Paulino Viota

TEXTOS CRÍTICOS

Red Line 7000

Algunos cineastas son desconocidos, otros sobrevalorados. Es raro que un cineasta sea a la vez desconocido y sobrevalorado. Es el caso de Hawks. Descrita con una imagen cornelliana de grandeza, generosidad, heroísmo rodeado de peligros, su obra no vale un comino. Sus virtudes están en otra parte. La mejor frase sobre Hawks es una frase de Marc Bernard a propósito de Hatari: “Una película de Hawks es una película angosta pero clara”. Domina la angostura. Tal vez no tiene sentido buscar en otra parte la explicación del éxito de Hawks en Francia y por qué fue, entre todos los grandes cineastas americanos, el primero en ser apreciado.

Red Line 7.000, su última película, procura un placer que no es sin mezcla, ni mucho menos, pero que sin embargo es muy intenso, un placer de algún modo “de cinéfilo”, es decir proveniente menos de la película misma que de las comparaciones que la memoria se divierte en hacer entre ella y otras películas sobre el mismo tema, entre ella y otras películas del mismo autor.

Desde hace más de treinta años, Hawks ha tenido una evolución muy favorable, y que es agradable constatar: la de un hombre que, poco a poco, se ha liberado de su propio academicismo (no hay películas más académicas, en sus distintos géneros, que A girl in every port, The dawn patrol, The crowd roars, Today we live, Red river, etc.) y que ha sabido, al mismo tiempo, abandonar los caminos que no estaban hechos para él, en particular los de la gran aventura moral, donde nunca se sintió demasiado cómodo. En Hatari, por ejemplo, no se ha insistido lo suficiente en que los personajes, que se mueven en un mundo aparte, totalmente a su aire, lejos de la sangre, de las ideas, de toda forma de violencia, manifiestan un diletantismo moral completamente al margen de las intenciones de la mayor parte de las películas americanas de aventuras. Sus problemas son mínimos, estrictamente personales, y el autor se apresura a reírse de ellos, o más bien a sonreírse. El título mismo y la forma en la que se presenta en la película constituyen una antífrasis.

La fuerza principal de Hawks radica en que le gustan las personas normales, y sabe hablar de ellas. Sus descripciones de seres monstruosos, en sus comedias, no son más que un elogio de la vida normal. También le gusta, y sabe mostrarla, la monotonía de la vida, que no siente en absoluto como una carencia o una nostalgia, sino como factor de equilibrio de esta vida, justamente, normal. En Red Line, sus corredores de coches tienen, además de sus dramas, y más aún, sus hábitos y su rutina. Nunca se preguntan acerca de ellos mismos, filosofan aún menos, y jamás se despegan de lo que hacen. Ningún romanticismo: las personas más prosaicas del mundo. ¿Por qué hacen carreras? Quizá porque no saben hacer otra cosa y también por placer. Razones suficientes. La originalidad de Hawks reside ahí, por otro lado: en elegir motivos mínimos y no añadir nada. Impulso moral limitado, cuando no ausente, escasa aptitud para crear mitos, información reducida al mínimo, he aquí las películas de Hawks. Alguien me hizo notar: “Cuando vemos películas de King, de Daves, de Preminger, más allá de su valor, aprendemos siempre muchas cosas; con Hawks, nunca nada”. Opinión un poco excesiva, pero verdadera en conjunto. Sería vano reprocharle: precisamente por ello no hay en sus películas nada de lo que habría en otra película sobre el mismo asunto, y también, precisamente por ello, Red Line es una película tan irreverente y tan entretenida (no forcemos nada: bastante entretenida).

A través de algunos retratos desenfadados de chicas y chicos que se mueven por las pistas de carreras y de baile, Hawks ha atrapado algo de la juventud: una cierta inexpresividad que la hace tan permeable a las modas. Lo que ha dicho Chardonne: “He visto pasar varios tipos de juventudes; no se parecían; cada una formada por el aíre que se respiraba en esa época. Ninguna originalidad; nada que no sea producto de una atmósfera y de un tiempo bien determinados”. Y se requiere sin duda un gran talento para construir así una película sobre tales signos, desprovistos de pasión, de patetismo, simplemente banales y verdaderos. Suprema elegancia y desenvoltura: esta película que no es de un joven, que no quiere alabar ninguna moda, es aquella en que mayor exactitud y relieve tienen la moda y el aire de un tiempo.

Por encima de todo, Red Line expresa muchísimo de Hawks mismo, de sus cualidades y sus defectos, de lo que le gusta, lo que no le gusta, lo que le gusta con reservas. (De las mujeres, por ejemplo, habla con un tono a la vez bestial, preciso y un poco indiferente; tono único en el cine americano). Después de haberse esforzado mucho, ya no se esfuerza en absoluto. Su sequedad, su avaricia de sí mismo, su desprecio del lirismo, le acompañan ahora. La angustura ha acentuado la claridad. Como recomendaba Bernard Shaw a F. Harris, cuando este iba a empezar a escribir un libro sobre él: “Y sobre todo, ¡nada de pornografía!”, las mejores películas de Hawks parecen decir hoy a los críticos: “Y sobre todo, ¡nada de desvaríos!” Pero ellos no hacen ni caso.

Jacques Lourcelles. Présence du cinéma # 24-25. Octubre 1967.

Red Line 7000 

En plena madurez, ya en 1930 (Scarface), Hawks no podía «progresar» o evolucionar: ¿hacia qué? Mantuvo, pues, la independencia precisa para saltar libremente de un género a otro —reducibles a dos, la aventura y su complementario, su reverso a veces, la comedia— y se consagró a explorar —más a fondo que ningún otro cineasta el suyo— un terreno limitado, pero de márgenes flexibles, en el que se sentía cómodo —como el pez en el gua—, sin llegar nunca a sentir la necesidad de ensanchar su campo de maniobras ni de contar su vida o sus penas al público. Se contentó con hacer su trabajo tan bien como pudo y se dedicó a simplificar y depurar su estilo: lo que ganó —al mismo tiempo— en control y en soltura, lo perdió, tal vez, en capacidad para compartir y comunicar los sentimientos de sus personajes. Por eso sus películas más intensas y cargadas de emoción pertenecen a la primera etapa de su obra sonora —Only Angels Have Wings, To have and have not, Red river, mis preferidas—, con dos excepciones tardías: por su simpatía contagiosa y su vitalidad, encuentro particularmente conmovedora —además de feliz, divertida, armoniosa y audaz— una película tan relajada como ¡Hatari!, suerte de «paraíso perdido» o de irrecuperable «edad de oro» de la aventura, la libertad y la infancia; quizá porque Hawks fue, de joven, corredor de coches, en Red Line 7000 recobró el apasionamiento que había dejado atrás —superado u olvidado— en obras más serenas y distantes, más olímpicamente sabias y dominadas por la visión humorística de la vida.

Red Line 7000 se caracteriza por una precisión visual —encuadres, cambios de plano, escuetos y funcionales movimientos de cámara e intérpretes— sólo comparable a la de la secuencia inicial de Río Bravo y la totalidad de Man’s Favorite Sport? La más elíptica y veloz que hizo, una de las más secas y duras como narración, carece de personajes —maduros o viejos— con los que el director pueda identificarse: todos son jóvenes impulsivos e inseguros, y entre ellos se encuentran varios de los contados neuróticos que Hawks se dignó tratar. ¿Por qué, entonces, tanta emoción? Porque sus verosímiles aventureros modernos, sin la solidez de roca de un John Wayne, la elegancia para disimular del sensible Cary Grant o la impasibilidad del moralmente indignado Bogart, han heredado el modesto y dinámico estoicismo de éstos: no se quejan ni se entregan al dolor, no se rinden ante lo irreversible; vemos que les cuesta mucho más que a los héroes legendarios de antaño resistir, sobreponerse y seguir adelante, pero ni ellos lo confiesan ni Hawks lo subraya. Pocas veces un hombre de sesenta y nueve años ha sido capaz de mirar tan limpiamente —con una mentalidad tan despejada, generosa, libre de prejuicios— a unos personajes que podrían ser sus hijos, sin hacerles reproches ni buscarles disculpas.

Fueron muchos los riesgos que Hawks corrió en la que había de ser su antepenúltima obra. Red Line 7000 es un film barato, nada espectacular, puramente cinematográfico (pues no recurre a los atractivos de ningún otro tipo de expresión artística), sin estrellas, con actores jóvenes y desconocidos, en su mayor parte noveles; por si fuera poco, se atrevió a ensayar una estructura narrativa que, sin renunciar en absoluto a la continuidad, supone una novedad dentro de la tradición que Hawks tan brillantemente representa (no queda muy lejos de la construcción de Masculin Féminin de Godard, por ejemplo). Fue uno de los raros fracasos comerciales de su carrera y es hoy una de sus películas menos conocidas y apreciadas, sobre todo en América, probablemente porque el respeto con que aborda las complejas y conflictivas relaciones entre los personajes está mucho más cerca de Today we Live y Only Angels Have Wings que de las actitudes despectivas o «inmoralistas» que por entonces estaban de moda y que todavía no se han superado por completo, sobre todo en países como el nuestro, en el que los que presumen de estar «al día» llevan siempre unos quince años de retraso. Por eso pienso que sería hora de que una buena retrospectiva dedicada a Hawks, en la Filmoteca o en televisión, permitiese conocerla, en su contexto, a cuantos aún no la hubiesen visto y diese a otros la posibilidad de reconocer su importancia.

Miguel Marías
Revista “Casablanca” nº 7-8, julio-agosto 1981

Traducción del texto: Javier Oliva