Jacques Rivette: Textos críticos

Sainte Cécile: Bonjour tristesse (1958)

SÁBADO 04 DIC / 22:00h
CINE LOS ANGELES - SANTANDER

Director: Otto Preminger
Guión: Arthur Laurents. Novela: Françoise Sagan
Fotografía: Georges Périnal (B&N y color, 35mm, 1:2,35)
Dirección artística: Roger Furse y Raymmond Simm
Montaje: Helga Cranston
Música: Georges Auric
Reparto: Jean Seberg, David Niven, Deborah Kerr, Geoffrey Horne, Mylène Demongeot, Juliette Greco, Martita Hunt, Walter Chiari
Productora: Wheel Films (EE.UU.- GB)
Distribuidora: Columbia Pictures
Duración: 94 min.
Formato de proyección: 35mm

*Presentación: Javier Oliva

Sainte Cécile

(Bonjour tristesse, de Otto Preminger)

Otto Preminger, cineasta,  si es que ha existido uno, se encontró hace unos doce años en una situación paradójica y, sin duda, única; haber hecho, a la primera, una película perfecta que, de cierta forma, no podría superar. Laura no tiene que ver con el relámpago de Ciudadano Kane, que dejó tras de sí el sonido de unos truenos que no han cesado de escucharse en la distancia; se parece más a una bola de cristal, o a la más inmaterial de las pompas de jabón hechas de agua pura; durante mucho tiempo nada sucedió. No sé si Preminger está dotado de esa inteligencia discursiva de los tamborileros militares, que desfilan mil veces para disimular el estado lamentable de sus barracones; al menos tiene otra personalidad, más útil en esta profesión; una inteligencia, precisamente, artesanal, que lo convierte en el más hábil de nuestros capataces, el que sabe juzgar sus materiales, y no siempre sigue el famoso consejo de rechazar lo mediocre, sino utilizarlo con el conocimiento exacto de su mediocridad.

Ésa es quizás una parte del secreto que le ha permitido sobrevivir al primer éxito: escapar de la perfección; porque también, a su manera, persigue cierta “cualidad de la imperfección”. Materia ingrata, a pesar de las apariencias, esta pobre novela de internado, en la que todo faltaba, alma y estilo, en la que no percibo nada que no sea de segunda mano. Para darle sustancia a esta obra maestra del pastiche, primero era necesario saber reinventar todo desde cero, con la obligación adicional de no romper el hilo narrativo previo: en definitiva, devolver la sensación de novedad y descubrimiento, incluso de juventud, a lo que más carecía de todo ello. Ése es el arte de Preminger.

Seamos francos: apenas hay películas suyas que no estén basadas en una apuesta, en una idea comercial o en ambas a la vez; escandalizar y ser juzgado tienen el mismo atractivo para él. Pero, ¿no debe obligarse sistemáticamente a buscar la dificultad, protegiéndose de una facilidad tan notoria que a veces está a punto de sucumbir ante ella?

No se piense que lo declaro culpable; ese punto de distancia es aún bastante amplio como para que penetre por él con facilidad la mano delgada de nuestra musa, y la décima de la familia no necesita más que una décima de segundo, o la vigesimocuarta parte, para hacer del gesto más banal y más desgastado un milagro de gracia. El arte de la puesta en escena es, ante todo, el arte de configurar un espacio, o un tiempo, deseados: proporciones perfectas del encuadre, la forma que se le da a unos comportamientos y el papel de Jean Seberg, todo nos lleva a retomar, con un tono menor, la afirmación final de Bernanos: “Todo es gracia” (1). Y esta “gracia” es precisamente la de aquello que resulta eficaz, y acaba tocando incluso a los títeres más rebeldes a su encanto; nuestros Juvenal encontrarán aquí el ejemplo de una sátira sin aspereza ni fealdad, una crítica sin ilusiones, aunque sin malicia de corazón, y tanto más amarga al dejar siempre a la víctima una oportunidad; y, dispuesta a verla con sus propios ojos, le da además lo que ella llama belleza - y que es, en efecto, su belleza.

El reproche más gracioso es sin duda, reconociendo la fidelidad de su adaptación, acusar a nuestro querido Otto de mostrar demasiado directamente, y de manera descarada, lo que la novela ofrecía con sus pequeñas frases laboriosas: sería como reprochar a Preminger el haber sustituido las mentiras de la mala literatura por la verdad del gran cine: siendo éste el arte de la línea recta, o de la curva más firme, la que se adhiere a la silueta del jarrón con mayor exactitud. La inventiva que surge en cada plano de esta película es, ante todo, un cierto genio de la síntesis; el arte del diseñador (y el paso de Angel Face a Bounjour tristesse es el del boceto al fresco) es saber qué rasgos son esenciales, cuáles hay que acentuar o eliminar, o cuáles deben inventarse para reemplazar un entrelazado confuso; el arte del cineasta, al presentar un espectáculo o un hecho, es dar con los elementos esenciales para el equilibrio de la figura, es decir, de la secuencia tal y como está inscrita en su destino final en la película. Si esta noción de invención, en la que se resume todo gran arte, les parece confusa, digamos que eso es precisamente lo que separa a un Preminger del autor de, por ejemplo, Kanal (2), trabajo escolar en el que el esmero siempre se nota, y donde el tema más elevado vuelve a plantearse con retórica; está bien aplicar un método, si no se muestra como aplicación.

La facilidad puede parecer superficial; esto es lo que determina su potencia, pues no se puede desconfiar de ella; tiene tiempo de tocar el corazón antes de que la veamos romperse. Si Preminger, que nunca escribió ni una línea de sus guiones, es, sin embargo, totalmente digno del hermoso título de autor de películas, es por el genio singular que le permite dar carne a las criaturas más teóricas del espíritu, ya sean los mediocres títeres de una pequeña comedia licenciosa, los de alguna película de “cine negro”, o los arrogantes espectros de Bernard Shaw. Carne fraterna, cuidada siempre con la misma pasión, con el mismo gusto por el absoluto, ya sea el de la desgracia, la decadencia o la rebelión; héroes hermanos de su Pigmalión, todos seducidos por el desafío, por el mismo deseo de negar lo imposible, aunque signifique pagar el precio del reto: de ahí su tristeza, que es el sobrenombre de la lucidez.

Los nombres conjuntos de Ophüls, de Mizoguchi, de Astruc, de Preminger (ophulsiana es la obertura, astruciano el baile -o al revés-, mizoguchiano el último plano) definen una nueva noción de cine “puro”, un juego helado en el que el objeto, lejos de ser destruido, revela y superpone todos sus rostros. Llevando nuestro arte a la pintura, al punto donde Picasso la ha llevado, esta idea del cine moderno es también un absoluto, al que se puede sacrificar todo. De hecho, hay un peligro; por eso, por muy grandes que sean estos cineastas, Rossellini sigue siendo el único realmente ejemplar, pues, poseyendo también este secreto, se atreve después a sacrificarlo por algo nuevo, y a servirse de lo que se opone a su poder de someterlo todo a sus metamorfosis.

Jacques Rivette
Cahiers du cinéma nº 82, abril 1958.

(1) Última frase de Diario de un cura rural, de Georges Bernanos, 1936.
(2) Kanal, de Andrzej Wajda

Traducción del texto: José Luis Torrelavega y Javier Oliva