Carl Theodor Dreyer:

Ordet (1955)

 

VIERNES 03 DIC / 19:00h
CINE LOS ANGELES - SANTANDER

Director: Carl Thedor Dreyer
Guión: Carl Thedor Dreyer. Obra: Kaj Munk
Fotografía: Henning Bendtsen (B&N, 35mm, 1:1,66)
Dirección artística: Erik Aaes
Montaje: Edith Schlüssel
Música: Poul Schierbeck
Reparto: Henrik Malberg, Emil Hass Christensen, Preben Lerdorff Rye, Cay Kristiansen, Brigitte Federspiel, Ann Elizabeth, Ejner Federspiel, Sylvia Eckhausen
Productora: Palladium Film (Dinamarca)
Distribuidora: Kaj Munk & Carl Theodor Dreyer A/S
Duración: 126 min.

*Presentación: Enrique Bolado

Ordet 

El más logrado de los cinco largometrajes sonoros de Dreyer. Adaptado de la pieza de Kaj Munk ya filmada por Molander en 1943, gira en torno de un grupo bastante rico de personajes, de los cuales ninguno es, en sentido estricto, más importante que el resto. Morten Borgen, el pater familias, es un campesino obstinado y orgulloso, un tirano doméstico, pero ni mucho menos antipático, como otros de los descritos por Dreyer. Henchido de religión y contrario a lo que él llama un cristianismo feliz, pretende gobernar la vida de todos los que tiene alrededor, pero los efectos de su influencia se le escapan y contradicen muy a menudo sus intenciones. Su hijo mayor ha perdido la fe, el segundo hijo es un iluminado, el tercero está desesperado por las querellas religiosas que enfrentan a su padre y al padre de la mujer que ama. Este último, el sastre, no es menos fanático y sectario que Borgen, aunque tiene probablemente un poco más de astucia. Si niega a su hija, es para obligar a Borgen a ceder, y espera un día hacer triunfar su religión sobre la de su adversario. En el centro de este universo de hombres se encuentra una mujer, Inger. Está convencida de que hay pequeños milagros secretos que tienen lugar constantemente; ella misma será objeto de un milagro, y Dreyer le dará, en todos los sentidos de la expresión, la última palabra. Ella encarna en su plenitud física el rechazo del sectarismo, la cordura y la misteriosa presencia de la vida. Por otra parte, los conflictos psicológicos y religiosos que enfrentan a los personajes no son en Ordet más que la materia de la película; solo la puesta en escena expresa, más allá de las palabras y las situaciones dramáticas, la mirada de Dreyer, y lo que quiere hacer entrever más allá de lo que contempla. La lentitud del ritmo puesta al servicio de una acción rica e incluso, dramáticamente hablando, copiosa, los largos planos fijos que se prolongan en sosegadas panorámicas que acompañan los desplazamientos de los personajes, las variaciones de la luz en un espacio cerrado y estricto (Borgengard y su entorno inmediato) componen a lo largo de la película un ritual hipnótico. Este ritual tiene por objeto obtener del espectador el máximo de atención, y dirigirla sobre el angosto espacio de la película, considerado como antesala de lo invisible. Con infinita minucia, próxima en otra tonalidad a la de un Vermeer, Dreyer explora una pequeña parcela de universo en la que la fe y el escepticismo, la razón y la locura, la infancia y la vejez, la terquedad y la aceptación del mundo, se entremezclan como lo han hecho desde el origen de los tiempos. Le parece que, cuanto más angosta sea esta parcela -un rostro, un interior de granja limpio y bien ordenado, una escalera de unos pocos peldaños que remonta la duna-, más posibilidades tendrá su mirada de alcanzar hasta las raíces del ser. Para Dreyer, solo la fe es capaz de abarcar la totalidad del universo, mientras que el ateísmo y el escepticismo solo ven una parte, que disparatadamente confunden con el todo. Podemos ver también Ordet de otra forma: como una película fantástica al revés, una película fantástica que acabará bien, en la que las fuerzas de la vida triunfan por una vez sobre las de la muerte. En ese registro, que consiste en crear una fascinación formal a partir de la amenaza constante de la muerte, a partir del miedo y de un asedio de tinieblas, el arte de Dreyer es igual al de un Murnau, un Lang o un Jacques Tourneur.

Jacques Lourcelles.
Dictionnnaire du cinéma. Les films. (Robert Laffon, 1992)

Traducción del texto: Javier Oliva