Femmes femmes (1974)

Ciclo « Paul Vecchiali, el cine en diagonal »

VIERNES 28 OCT / 21:30h 
CINE LOS ÁNGELES - SANTANDER

FEMMES FEMMES (1974)

Director: Paul Vecchiali
Guión: Paul Vecchiali, Noël Simsolo
Fotografía: Georges Strouve (B&N, 1:1,37)

Montaje: Paul Vecchiali, Françoise Nerville
Música: Roland Vincent

Reparto: Hélène Surgère, Sonia Saviange, Michel Duchaussoy, Michel Delahaye
Productora: Stéphan Films, UNITE 3 (Francia)
Distribuidora: Luso-France
Duración: 115 min.
Formato de proyección: DCP (original: 16 mm inflado a 35 mm)

*La proyección contará con presentación a cargo de Fernando GanzoMarcos Uzal

Femmes femmes

«Para mí era evidente que esta primera secuencia era la matriz de toda la película, un tema cuya continuación solo podían ser variaciones. Por tanto, quedaba excluida la opción de no hacerla en un plano único. El plano dura diez minutos cuarenta, nos llevó tres días hacerlo, en un rodaje de dieciséis días.»

Paul Vecchiali

La cinefilia, al inicio de Femmes femmes, no es ya la misma que animaba a los miembros de la Nouvelle Vague. Aquella estaba hecha de préstamos y citas, de chistes y calcos. Esta es menos bravucona. Una dosis de macmahonismo (con más humor y menos machismo), tres pizcas de recuerdos, mezclando Ciné-monde y Cahiers, y una gran cucharada del mayor de los escarnios: nada como reírse de sí mismo. Vecchiali es el tío de esa generación que Biette llamó “crítica”, que había intentado filmar lo que les era próximo pero nadie miraba ya, ni los antecesores ni los sucesores. Este espíritu genera la manera y el estilo, esa manera de entrar en la realidad oblicuamente. Oblicuamente hasta Biette, quien en su Théâtre des matières describió, voluntariamente o no, ese mundo en diagonal (el nombre de la firma de Vecchiali), en el que los actores son el rumor esencial, la sal y la pimienta, un mundo en el que la vulgaridad está admitida al igual que la gracia (¿pero no se trata, dialécticamente, de lo mismo?), las criaturas que habitan las junglas alcohólicas como los repartidores de champán, repartidores de éxtasis, soñadores de océanos.

Un mundo de sueños dorados, de esperanzas, de tristeza, de alegría pasajera, de amor siempre insatisfecho y quizás imposible (hacia un cine pre-industrial), y estas dos mujeres que bailan juntas el vals, como si fueran una e indivisible, en plena existencia, desafiando a ese mismo mundo, tan engañoso como engañado, tan bello y falso como verdadero y feo, y que hay que afrontar, de todos modos, cueste lo que cueste, y mostrar, una y otra vez, y ante todo a sí mismo.

Pierre Léon

Un Sunset Boulevard sin salida

Graciosa, chiflada, cortada con miradas-guiño a la cámara, con canciones, más que cantadas, tarareadas al buen tuntún: se podría pensar en la ligereza espumosa (se bebe mucho champán) de una comedia americana, una réplica en blanco y negro de las Girls de Cukor. Pero la modestia manifiesta de los medios (nada de colores), la extraordinaria libertad de tono, la malicia del montaje, alternando lo mullido del viejo estilo del fundido encadenado y la sequedad del corte abrupto, o puntuando la acción y sus ecos en los corazones con fotos de mujeres-mujeres idealizadas, recuerdan los mejores momentos de la Nouvelle Vague. Desenvoltura a la Rivette, cuando sucede que Rivette actúa con desenvoltura; finura de observación y agudeza a la Eustache, cuando sucede que Eustache es fnno y agudo; ternura de Truffaut en sus inicios; cuidado del texto a la Rohmer. Y, por encima de todo, un no sé qué que se debe a Vecchiali ‒¿finura de ingenio? ¿Complicidad? ¿Gusto por cierta oscuridad? Junto al talento de las dos intérpretes, a él se debe nuestro placer.

Jean-Louis Bory. Le Nouvel Observateur, 16 de diciembre de 1974

Femmes femmes 

No hay muchas películas de culto. Uno o dos melodramas (Tú y yo, Imitación a la vida), una película-monstruo (La noche del cazador), un Charlot soñador (El chico), y ya está casi todo. En las provincias de la cinefilia encontraremos un buen centenar más, pero es solo un malentendido. Cuando Mitterrand programa Femmes, femmes (en el cine club de France-2), nos recuerda que este ovni de Paul Vecchiali, cineasta honesto pero irregular, merece también figurar entre las películas-fetiche que no cesamos de volver a ver y evocar. Documental onírico, fotografiado en un blanco y negro calcáreo por Georges Strouvé hace veinticinco años, Femmes, femmes habla de la soledad y del teatro, es decir, del cine. Por decir todo lo bueno que pensaban de ella, algunos críticos han insistido con pesadez en el hecho de que las dos actrices de Vecchiali se volvieron a encontrar unos meses después en Salò, dado que a Pasolini le encantó Femmes, femmes. Pero, ¿a quién le importa? Pese a su gracia y su inteligencia, Pasolini nunca realizó una película de una poesía tan negra y deslumbrante como Femmes, femmes, meditación alcohólica y adicta sobre el arte y el amor, tan virtuosa y desesperada como los más bellos solos de Charlie Parker o las baladas más suicidas de Billie Holliday. La historia, por su parte, descubre a dos mujeres de belleza ya gastada, dos diosas para maricas faltos de iconos, a la búsqueda de roles, de recuerdos, de espejos. Actrices apasionadas con declamación interior, amigas, rivales, soñadoras, risueñas, atraviesan su pequeño apartamento como si fuera un escenario, un estudio, el cielo.

En esta película tiernamente delirante, entre Bataille y Pirandello, Sonia Saviange y Hélene Surgère, criaturas de Dios, mujeres del Diablo, abrazan sus roles enfermos como uno se lanza sobre un cigarrillo, con una sensualidad nerviosa propia solo de ellas. Son dos actrices del temple de Greta Garbo o Bette Davis. Aunque otros (Biette, Téchiné) las han dirigido en algún momento, ellas pertenecen para siempre a Femmes, femmes. Es su iglesia, su burdel, nuestra catedral de amor.

Louis Skorecki. Reseña publicada en Libération 30.10.1998

Traducción del texto: Javier Oliva