Les lèvres rouges (1971)
Ciclo « La rebelión de la musa: Delphine Seyrig »
SÁBADO 29 OCT / 19:00h
CINE LOS ÁNGELES - SANTANDER

LES LÈVRES ROUGES
El rojo en los labios
Director: Harry Kümel
Guión: Pierre Drouot, Jean Ferry, Manfred R. Köhler, Harry Kümel
Fotografía: Eduard van der Enden (Color, 1:1,66)
Dirección artística: Françoise Hardy
Montaje: Denis Bonan, August Verschueren, Hans Zeiler
Música: François de Roubaix
Reparto: John Karlen, Delphine Seyrig, Danielle Ouimet, Andrea Rau, Paul Esser, Georges Jamin, Joris Collet, Fons Rademakers
Productora: Showking Films (Bélgica), Maya Films (Francia), Roxy Film (RFA)
Distribuidora: Ciné Vog Films (Bélgica), Comacico (Francia), Inter-Verleih Film-Gesellschaft (RFA)
Duración: 100 min.
Formato: 35mm
Las vampiras lesbianas hicieron incursiones frecuentes a principios de la década de 1970, en películas que iban desde el porno duro hasta estéticas soñadoras, cuando la película de terror gótica comenzó a hacer alarde de sus subtextos psicosexuales. El rojo en los labios se inclina extravagantemente hacia el extremo artístico del espectro, con Delphine Seyrig luciendo trajes al estilo de Marienbad y el director belga evocando imágenes de lujosa decadencia repletas de plumas, espejos y largos y sinuosos pasillos de hotel. En el centro de la película, sin embargo, hay una evocación profundamente desagradable de una guerra de nervios entre el vampiro de Seyrig y los recién casados burgueses en cuya luna de miel ella se insinúa. La edad hastiada se aprovecha astutamente de la juventud narcisista, y la seducción y la crueldad se vuelven indistinguibles cuando Seyrig obliga a los inocentes a tomar conciencia de su propia capacidad para el comportamiento monstruoso. Si Fassbinder hubiera hecho una película de vampiros, podría haberse parecido a esta.
Geoffrey O'Brien. "Horror for Pleasure" (1993), New York Review of Books
Traducción: Óscar Oliva
Las películas de terror violento, del tipo splatter ahora tan común, me parecen de un gusto muy pedestre. El género elegante de película de vampiros sigue un estilo que yo llamo alto gótico psicológico. Comienza con la Christabel medieval de Coleridge y sus descendientes son la Ligeia, de Poe y Otra vuelta de tuerca, de James. Un buen ejemplo es El rojo en los labios (1971), protagonizada por Delphine Seyrig como una elegante vampira lesbiana.
El alto gótico es abstracto y ceremonioso. El mal se ha convertido en un glamour jerárquico y cansado del mundo. No hay bestialidad. El tema es el poder occidental erotizado, el lastre de la Historia. The Hunger (1983) se acerca a ser una obra maestra de este género, pero la arruinan errores horrendos, como cuando se obliga a la majestuosa Catherine Deneuve a gatear a cuatro patas, babeando sobre degollados. Por favor. La carnicería no es el objetivo del vampirismo. El sexo -la dominación y la sumisión- lo es. El horror gótico debe ser moderado por la disciplina apolínea, o se convierte en una burda bufonada. El cine de terror común y corriente es antiestético y antiidealizador. Su tema es sparagmos, las energías de Dionisio que pulverizan la forma. Las películas de terror desencadenan las fuerzas reprimidas por el cristianismo: el mal y la barbarie de la naturaleza. Las películas de terror son rituales de culto pagano. Allí el hombre occidental confronta obsesivamente lo que el cristianismo nunca ha podido enterrar o explicar. Las historias de terror que terminan con la victoria del bien no son más numerosas que las que terminan con la amenaza del regreso del mal. La naturaleza, como el vampiro, no se quedará en su tumba.
Camille Paglia. Sexual Personae. Art and Decadence from Nefertiti to Emily Dickinson (1990).
Traducción: Óscar Oliva
«Les Lèvres rouges», la bouche en queer
(…) La película de culto Les Lèvres Rouges (1971) se distingue por su singularidad. Cuando su tren se queda bloqueado, dos jóvenes recién casados llegan a un hotel de lujo desierto, en Ostende, en plena temporada baja. La misma noche de su llegada, una condesa de labios rojos, magníficamente interpretada por Delphine Seyrig, pide la mejor suite. Con su joven secretaria como asistente, arrastra a la pareja a un perverso tira y afloja que el marco hermético de este hotel crepuscular, aislado al borde de un mar hostil y glacial, transforma en un sueño extraño. El viaje de bodas se convierte en un juego de sortilegios.
«Al principio, se trataba de hacer una simple película de género exploitation, con erotismo y violencia, dice el realizador Harry Kümel. Me habían pedido que proporcionara un tema. Yo no lo tenía.» Aunque sea « profesor de demonología y ocultismo» del Collège de pataphysique, Harry Kümel aclara que nunca se ha interesado por los vampiros. Ni tampoco por el lesbianismo. Nacido en 1940 en Anvers, este realizador al estilo de la vieja escuela (que, justamente, «no provenía de una escuela de cine») reivindica con gusto su anticonformismo. Detesta la Nouvelle Vague. Detesta a los periodistas. Detesta que le pregunten si hay temas que sean importantes para él. «No hago temas. Hago cine», dice, insistiendo en el hecho de que tenía 14 años cuando empezó su «carrera». «Adapté la Pequeña cerillera. La actriz principal era mi hermana. Para hacer la nieve, destripamos un cojín.»
Rápidamente (desde los 18 años), empezó a trabajar para la televisión. Aprovecha el hecho de tener una cámara para rodar la verdadera historia de una asesina del siglo XIX que vivió toda su vida travestida de hombre. La película se titula Monsieur Hawarden (1968). Rutger Hauer intervino en algunas escenas que se cortaron en el montaje final. Unos años más tarde, al calor de la euforia denominada «revolución sexual», a Hary Kümel le confían un proyecto de película «atrevida». Ese día, paseando al azar, ve en un quiosco el título de la portada de la revista Historia: «la Condesa sangrienta». «Era la historia de la condesa Erszébet Bathori, que asesinó en el siglo XVI a más de 600 vírgenes para bañarse en su sangre. Quería seguir siendo joven.» Pensando que había encontrado «un buen pretexto para los desnudos», Harry Kümel propone adaptar al cine este retrato de una mujer sádica. Los productores se quejan: «¿¡Una película de época!? Demasiado caro.»
Harry Kümel propone arreglar el asunto. «Yo era joven y temerario en esa época. Entonces respondí: “Hagámoslo en época moderna. Imaginemos que esa condesa es un vampiro que recorre el mundo en busca de nuevas presas.” Era un argumento falaz –ya que toda película necesita un presupuesto para vestuario y decorados–, pero los productores aceptaron.» Después de haber logrado su conformidad, a Harry Kümel le entran las dudas, de repente: «Tenía entonces 28 años y la idea de hacer una película picante… ¡madre mía!» En esa época, dice, el cine seguía siendo púdico. Cuando se filmaba a una pareja en la cama, la cámara se apartaba rápidamente hacia la ventana o las llamas en la chimenea. «También era muy típica la imagen de una gran ola. O primeros planos de la leche en un cazo (como en Quai des Orfèvres). Los clichés eróticos eran muy cutres.» Kümel comprende, pero demasiado tarde, que va a tener que mojarse.
Su guionista, Jean Ferry (sobrino de José Corti, amigo de los surrealistas), estaba entusiasmado. Los dos colaboran desde hace varios meses en otro proyecto cinematográfico: Malpertuis, con Orson Welles y Sylvie Vartan. «Tenía la esperanza de que Jean Ferry me tiraría a la cara el borrador de los Lèvres rouges. Pero no, al contrario. Él había luchado toda la vida contra la censura.» Dos días después de que le enviara el proyecto por correo, Jean Ferry responde con un telegrama: «Es la gran liberación». Kümel no puede volverse atrás. Y menos aún cuando Delphine Seyrig acepta el papel principal, animada por su marido, Alain Resnais, que le dice: «Haz esta película, parece un cómic.»
El productor principal, Henry Lange, monta una coproducción internacional. Para complacer a los americanos, que quieren «más thrillers», se añade al guion el personaje de un detective retirado. En el último momento, se añaden otras peripecias. Se suprimen algunas escenas. «Los temas se pueden maltratar tanto como uno quiera, pero no el cine, concluye Harry Kümel. Todo en la historia de los Lèvres rouges corresponde a una sucesión de azares. Lo que demuestra que el tema no tiene ninguna importancia.» Privilegiando la forma de la película sobre el fondo, el realizador insiste: deberíamos, dice, hablar de las películas «como hablamos de música». De hecho, si Les Lèvres rouges es fascinante, se debe a su banda sonora. Inspiró al grupo Clock DVA, que dedicó un álbum, Buried Dreams, a esta forma de hechizo sonoro: las palabras pronunciadas por la condesa y sus víctimas se convierten en el texto del fragmento Sonology of Sex II, con el subtítulo «la Condesa de sangre».
Cuanto más se ve Les Lèvres Rouges, más se la escucha. La voz de la llamada «DS» (Delphine Seyrig), en particular, cobra la apariencia de un sortilegio. De esta voz, comparada a menudo al sonido aterciopelado del violonchelo, ella hace su arma más fatídica. «Qué pensáis que soy?», pregunta a la joven pareja, antes de responder ella misma, en el curso de un monólogo que parece un encantamiento: «No soy más que un personaje[…]. Ya sabéis, la bella extranjera un poco cansada, un pco misteriosa, que transita con su aburrimiento de una ciudad a otra…» Su voz se va perdiendo en la lejanía, hasta convertirse en la voz grabada de un deseo espectral. Su personaje se hace eco de todas grandes diosas del cine. Ya no es una película de vampiros erótico-nostálgica… Es una película sobre la esperanza violenta de una liberación grande, paroxística, fulgurante.
Agnes Giarci. Libération, 2.07.2022. Artículo publicado con motivo de la programación de la película en el Festival Internacional de Cine Fantástico de Neuchatel, dentro de una retrospectiva – Scream Queer– sobre la representación de las culturas LGBTIQ+ en el cine fantástico.
Traducción: Javier Oliva

