Cineinfinito #280: Cornell Woolrich (III)

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CINEINFINITO / Filmoteca de Cantabria
Sábado 18 de Febrero de  2023, 17:30h. Filmoteca de Cantabria
Calle Bonifaz, 6
39003 Santander

Programa:

Black Angel (1946), 35mm, b&n, sonora, 81 min.

Formato de proyección: DCP [2K]


CORNELL WOOLRICH

Cornell George Hopley-Woolrich, más conocido por sus seudónimos William Irish o George Hopley (Nueva York, 4 de diciembre del 1903-ibídem, 25 de septiembre del 1968), fue un escritor estadounidense de novelas policíacas y de misterio, el más adaptado al cine y la televisión y, según su biógrafo Francis Nevins Jr., «el cuarto mejor escritor de crímenes de su época tras Dashiell Hammett, Erle Stanley Gardner y Raymond Chandler».

Fue hijo único en una familia pudiente, con una sobreprotectora madre pianista. Vivieron en México, Cuba y las Bahamas antes de regresar a los Estados Unidos. El divorcio de sus padres cuando contaba 15 años lo llevó a vivir en Nueva Jersey junto a su madre (1918). Estudió en la De Witt Clinton High y se doctoró en periodismo en la Universidad de Columbia (Nueva York) en 1925 cuando una enfermedad en el pie lo obligó a guardar reposo y empezó a escribir narrativa; con lo que había escrito ganó un premio otorgado por la revista College Humour y la Paramount Pictures‚ lo que le permitió viajar por Europa y pasar una larga temporada en París y pensar en dedicarse íntegramente a la creación literaria.

Sus primeras novelas, Cover Charge (1926), Children of the Ritz (1927) y Times Square (1929) están marcadas por el influjo de Francis Scott Fitzgerald, pero, contrariamente a su modelo, tuvo mucho más éxito. Fue llamado a Hollywood para hacer adaptaciones y guiones; parece ser que solo escribió tres películas del director danés Benjamin Christensen. Allí conoció a Gloria Blackton, hija del productor de cine mudo James Stuart Blackton, y se casó con ella. Pero apenas vivieron juntos unas semanas antes de que ella descubriera que él era un homosexual muy promiscuo cuando leyó un diario secreto suyo en el que contaba sus aventuras, de forma que se divorció de él en 1933. Regresó pues a Nueva York con su madre, sin comprar una casa fija e instalándose en un par de habitaciones de hotel, y de nuevo viajó con ella por Europa.

La Gran Depresión afectó a la venta de sus escritos y tuvo que dedicarse a escribir novelas baratas de tipo pulp por encargo. Entre 1934 y 1946 publicó más de 350 relatos en diferentes revistas: Black Mask, Ellery Queen Mistery Magazine, Dime Detective, Detective Fiction Weekly y Argosy, por ejemplo. También escribió novelas como The Bride Wore Black (1940), traducida como La novia vestía de negro (que fue llevada al cine en 1968 por François Truffaut), Deadline at Dawn (1944) y Rendez-vous in Black (1948).

Tras el fallecimiento de su madre en 1957, cambió de hotel y se recluyó en la habitación de otro durante once años, dándose a la bebida y terminando sus días alcohólico, enfermo de ictericia y tullido (una antigua herida mal curada y crónica en un pie se le gangrenó y hubo que amputarle una pierna; desde entonces tuvo que vivir atado a una silla de ruedas). En parte, esta situación se refleja en su famoso relato llevado al cine con el título La ventana indiscreta. Se negó a ver a sus pocos amigos y falleció el 25 de septiembre de 1968. Está enterrado en el Cementerio Ferncliff, en Hartsdale, Nueva York. Dejó a la Universidad de Columbia 850.000 dólares en memoria de su madre para que sufragase becas a jóvenes periodistas.

Obra

Fue un gran estilista, poseedor de un cierto lirismo romántico que enaltece a las víctimas de la injusticia y las equivocaciones, algo por lo general ausente en los demás autores de novela negra, poseídos por el cinismo. Destacó como creador de efectos atmosféricos y fue muy hábil reproduciendo las sensaciones que causan la muerte, la soledad, la fatalidad y la angustia, dosificando además el suspense de manera genial. Sus narraciones poseen una gran tensión narrativa y luce la meticulosa caracterización de los personajes; pero brinda demasiado protagonismo al azar en detrimento de la verosimilitud, y su excesiva producción ha convertido su obra en algo irregular. Suele ser corriente en sus relatos el uso de la tecnología de la historia narración en primera persona y el uso de la superstición como detonante de la acción. En sus mejores momentos, el mundo de sus narraciones es algo más que inquietante y parece salido de una pesadilla, por lo que no en vano se le ha llamado «el Edgar Allan Poe moderno». Dentro de la novela negra, pues, representa una especie de cruce entre el fantasmagorismo de la novela gótica y la novela negra policial detectivesca típica, y en eso consiste su originalidad. Ha sido, además, cantera inagotable para guionistas y directores de cine (Alfred Hitchcock, Jacques Tourneur, François Truffaut, Robert Siodmak) y cuenta también con no pocas adaptaciones televisivas. En total existen unas sesenta obras suyas adaptadas.y cuenta también con no pocas adaptaciones televisivas. En total existen unas sesenta obras suyas adaptadas.

Francis Nevins divide las tramas de Woolrich en seis tipos:

1) La historia «negra» de policía (un policía de paisano resuelve un crimen, pero otros policías sádicos proceden en su contra para defender sus intereses).

2) La historia «contra reloj» (el/la protagonista o el amado/a se morirá a menos que logre resolver el crimen o hacer un descubrimiento sin lo que le mataran al o ella).

3) La historia «oscilante» (el protagonista y su amor o sentimiento se ve amenazado por la sospecha, entonces se clarifica retomando la confianza en su pareja, luego vuelve a caer en la sospecha aún más grande, luego a recuperar la confianza, etc.. hasta que se percata de que el otro es realmente un malvado).

4) La historia nocturna del que se precipita – en un problema (las últimas horas de un hombre que se convierte en presa al verse atrapado en la noche de una ciudad).

5) La historia de la desaparición (el protagonista masculino encuentra a su gran amor, pero ella desaparece sin dejar el menor rastro)

6) La trama de «la hora final» (compartir los últimos momentos de un personaje programado para morirse en un plazo concreto de una manera particularmente terrible).


Roy William Neill (4 de septiembre de 1887 – 14 de diciembre de 1946) fue un director de cine estadounidense, nacido en Irlanda, conocido por dirigir las últimas once de las catorce películas de Sherlock Holmes protagonizadas por Basil Rathbone y Nigel Bruce, realizadas entre 1943 y 1946 y estrenadas por Universal Studios.

Con su padre como capitán, Roy William Neill nació en un barco frente a las costas de Irlanda. Su nombre de nacimiento era Roland de Gostrie. Neill comenzó a dirigir películas mudas en 1917, rodando un total de 107 películas, 40 de ellas mudas. Aunque la mayoría de las películas de Neill eran películas de categoría B de bajo presupuesto, era conocido por dirigir películas con escenas meticulosamente iluminadas con sombras cuidadosamente superpuestas que se convertirían en el estilo del cine negro a finales de la década de 1940. De hecho, su última película, Black Angel (1946), se considera cine negro.

Neill vivió en los Estados Unidos durante la mayor parte de su carrera y era ciudadano estadounidense. Fue a Londres desde 1935 hasta 1940, donde existían mejores oportunidades para los directores estadounidenses. Durante este período, el productor de cine británico Edward Black contrató inicialmente a Neill para dirigir The Lady Vanishes. Sin embargo, debido a retrasos en la producción, Black acabó contratando a Alfred Hitchcock para que la dirigiera.

Neill murió en Londres, Inglaterra, de un infarto, mientras visitaba a unos familiares durante unas vacaciones.


Black Angel (1946)

Black Angel es una película estadounidense ‘noir’ estrenada en 1946, el último largometraje dirigido por Roy William Neill y protagonizada por Dan Duryea, June Vincent y Peter Lorre. Producida por Universal Pictures, está ambientada en Los Ángeles adaptando en líneas generales la novela de 1943 del mismo título escrita por Cornell Woolrich.

Hubo muchas diferencias con la historia original y al propio Woolrich no le gustó la película. Sin embargo, en opinión del biógrafo Thomas C. Renzi, de las varias «adaptaciones contemporáneas basadas en las novelas de Woolrich, la película de Neill se encuentra entre las más competentemente concebidas y producidas, aunque su trama solo tiene una conexión superficial» con la trama original. Y según Francis M. Nevins: «Neill y el director de fotografía Paul Ivano invisten cada toma con un estilo visual que traduce a Woolrich de la forma en que cualquier novela necesita ser traducida: con total fidelidad a su esencia y poca o ninguna a su texto literal». También hay que dar cierto crédito a la interpretación de Dan Duryea en el papel de Marty Blair, que «sigue siendo el personaje más simpático de la película y mucho más digno de la heroína que su débil y desleal marido».

Black Angel is a 1946 American film noir directed as his final feature by Roy William Neill and starring Dan Duryea, June Vincent and Peter Lorre. Produced by Universal Pictures, it is set in Los Angeles and broadly adapted from the 1943 novel of the same title by Cornell Woolrich.

Classed as a noteworthy film noir, Black Angel was based on Cornell Woolrich’s 1943 novel of the same name and directed by Roy William Neill as his final work before retirement. There were many differences from the original story and the film was disliked by Woolrich himself. However, in the opinion of biographer Thomas C. Renzi, of the several contemporary “adaptations based on Woolrich’s novels, Neill’s film ranks among the most competently conceived and produced, even though its plot has only a superficial connection” with the original story line. And according to Francis M. Nevins: “Neill and cinematographer Paul Ivano invest every shot with a visual style which translates Woolrich as any novel needs to be translated: with total fidelity to its essence and little if any to its literal text.” Some credit must also go to Dan Duryea’s interpretation of the part of Marty Blair, who “remains the most sympathetic character in the film and far worthier of the heroine than her weak and disloyal husband”

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Hay dos maneras de contemplar un título tan escondido en el terreno de las valoraciones como BLACK ANGEL (Ángel negro, 1946. Roy William Neill). De un lado atender el seguimiento del caprichoso argumento que plantea el referente novelístico de Cornell Woolrich, de nuevo me encuentro ante una muestra impregnada de convenciones y artificios argumentales que –como me podría suceder con NO MAN OF HER OWN (Mentira latente, 1950. Mitchell Leisen)-, planteaba giros desprovistos de ese rasgo a primera instancia tan fácil de atender en una película, como es la verosimilitud de lo que se nos narra, por más que en ella se encierren acontecimientos y situaciones poco creíbles. En esta ocasión, sin embargo, nos encontramos con hechos que devienen faltos de credibilidad –un ejemplo; la manera con la que Catherine Bennett (June Vincent) se acerca hasta Martin Blair (Dan Dureya), atendiendo a una improvisada conversación que escucha mientras intenta realizar una llamada telefónica en una visita a un estudio hollywoodiense. No obstante, si logramos desprendernos de esos relativos desequilibrios que nos proporciona el seguimiento de la novela de Woolrich –desarrollado en forma de guión por Roy Chanslor- lo cierto es que en esta producción de la Universal podemos apreciar una estilizada, elegante e incluso conmovedora búsqueda de una finalmente frustrada segunda oportunidad en el amor, por parte de dos seres desplazados y decepcionados en un contexto urbano con reminiscencias estéticas alejadas de la vida cotidiana. En el mérito de la lectura paralela de una propuesta sencilla, narrada con gran elegancia por parte de un Roy William Neill en el que quizá sea uno de los títulos más valiosos de su filmografía –una trayectoria, por otro lado, que debe albergar más de una sorpresa-, se encuentra finalmente el mayor grado de interés de esta serie B que bebe de referencias claras de otros títulos inmediatamente precedentes sin que ello evite alcanzar en su metraje una textura y alcance bastante personal.

En la ciudad de Los Angeles se comete el asesinato de la conocida cantante Mavis Marlowe (Constance Dowling). Aunque en realidad fueron varios los hombres que se acercaron a su apartamento antes de su muerte, la policía encarcelará a Kirk Bennett (John Phillips), amante de ésta, aunque en su vida cotidiana esté casado. Muy pronto las evidencias que le inculpan en el crimen –había sido sometido a chantaje por parte de Mavis- le acercarán a una condena a muerte que de forma inexorable se ceñirá sobre él, sin que en ningún momento su grito sincero apelando por la inocencia surta su efecto. Será sin embargo un lamento que atenderá su esposa –la ya citada Catherine-, quien para ello intentará ponerse en contacto con el esposo de la asesinada. Es así como se producirá su encuentro con el atormentado Blair, un pianista de talento ahogado en un contumaz alcoholismo y un entorno desesperado de vida. Pese al inicial rechazo de este pronto se tornará en una extraña ligazón hacia la agobiada joven, llegando a ayudarle a buscar indicios que puedan proporcionar la inocencia de Bennett, lo que les acercará hasta un extraño individuo –Marko (Peter Lorre)-, propietario de un lujoso club, e incluso a colaborar juntos como una insospechada pareja musical de éxito. La prolongación de dicha situación no permitirá que Catherine olvide a su esposo, separándose pese a que entre ellos ha quedado marcada una extraña ligazón. Será un sincero amor que finalmente provocará en Martin una insospechada reacción de sacrificio.

BLACK ANGEL se inicia de manera muy atractiva, desplegando esa precisión narrativa y el gusto por el detalle que siempre caracterizó el cine de Neill. Nos muestra el exterior de la finca en la que reside Marlowe, describiendo la situación en la que se detectan puntos de vista paralelos de una serie de personajes que poco después tendrán especial protagonismo en la función. En especial nos detendremos en la manera con la que es rechazado Marvin por parte de la que aún es su esposa –esta ni siguiera se digna a recibirlo, dejando que sea el portero el que lo eche del edificio. Poco después, veremos una inusual manera de mostrar el asesinato de esta, recurriendo a la elipsis y ofreciendo las consecuencias del crimen, en una tendencia que se prolongará a lo largo del metraje provocando una extraña textura en un relato dominado por su concreción fotográfica –cortesía de Paul Ivano- y la utilización de la música, contribuyendo ambos elementos a definir su singular configuración. Qué duda cabe, en este sentido, que BLACK ANGEL deviene un conjunto dominado por una estilización formal que proviene de la mano de ese aún poco reivindicado hombre de cine que fue Roy William Neill. Una estilización esta que en momentos destaca en la planificación y configuración de no pocas de sus secuencias, o en detalles en apariencia tan nimios como la recurrente presencia de bustos y motivos escultóricos siempre que tiene ocasión de complementar los encuadres con su presencia. Es evidente, por otro lado, que la película fue puesta en marcha teniendo bien presente determinados títulos previos de notable éxito. El más citado es el de SCARLET STREET (Perversidad, 1945. Fritz Lang) –a lo que contribuye no poco la presencia de Dan Dureya. El ya reconocido intérprete alcanza en esta película uno de los roles más hondos de su filmografía, ya que en sus momentos más intensos transmite el desconsuelo de un amante no correspondido, cuando finalmente Catharine decida no continuar con su relación con él-. No obstante, no creo resultar aventurado si señalo que en este capítulo de referencias cabría incluir la de DETOUR (1945), rodada muy poco tiempo antes por el eternamente maldito Edgar G. Ulmer ¿Puede ser que pese a su escaso eco en taquilla, ya entonces alguien se fijara en el alcance trágico y las audacias formales de la célebre obra de Ulmer? A mi juicio es una intuición bastante probable, puesto que el título que nos ocupa contempla diversas semejanzas con la mítica producción de la PRC. Una de ellas sería la configuración del personaje de Marlow, la manera con la que es asesinada, la propia definición fatalista de Marvin, o el mero hecho de plantear la acción del film en Los Angeles y rozar de manera lejana el contexto cinematográfico.

Más allá de estas afinidades y ecos, de las ligerezas inicialmente señaladas que impiden que la película pueda finalmente erigirse en un logro absoluto, es indudable que en ella se muestra en todo momento una esmerada narrativa, una elegancia malsana en sus propuestas y, sobre todo, el alcance casi trágico que marca la relación amorosa finalmente frustrada entre Marvin y Catharine, que llevará al primero de ellos a redescubrir de manera accidentada y en medio de un “delirium tremens” su verdadera relación con el crimen cometido, inmolándose casi como un sacrificio de amor, precisamente por haberlo perdido en una vida que para él ya carece de sentido –la intensidad de la labor de Duryea en estas secuencias llega a ser casi dolorosa-. Es por ello que debamos dejar de lado la incidencia poco interesante del capitán Flood (Broderick Crawford) de la policía, y diversos saltos temporales o situaciones no demasiado relevantes o mostrados sin demasiado interés, centrándonos en la extraña intensidad de un relato que habla desesperadamente sobre el poder destructor del amor, y que además del magnífico Dureya, nos permitirá apreciar una de las interpretaciones más contenidas y brillantes de Peter Lorre.

Juan Carlos Vizcaíno Martinez.
Blog Cinema de perra gorda, 22/09/2009


Traducción de texto: Óscar Oliva