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Puntos de fuga: Anne of the Indies (1951)

Anne of the Indies (1951)

Ciclo « Sobre un arte ignorado »

SÁBADO 29 OCT / 17:00h 
CINE LOS ÁNGELES - SANTANDER

ANNE OF THE INDIES (1951)
La mujer pirata

Director: Jacques Tourneur
Guión: Philip Dunne, Arthur Caesar
Argumento: Herbert Ravenel Sass
Fotografía: Harry Jackson (Color, 1:1,37)

Dirección artística: Albert Hogsett, Lyle Wheeler
Montaje: Robert Fritch
Música: Franz Waxman

Reparto: Jean Peters, Louis Jourdan, Debra Paget, Herbert Marshall, Thomas Gomez, James Robertson Justice, Francis Pierlot, Sean McClory, Douglas Bennett, Barry Brooks, Harry Carter
Productora: Twentieth Century Fox (EE.UU.)
Distribuidora: Twentieth Century Fox
Duración: 81 min.
Formato de proyección: 35mm

*La proyección contará con presentación a cargo de Jesús Cortés 

La mujer pirata (Anne of the Indies)

Después de unos tanteos en Francia con Fernandel, Jacques Tourneur se convirtió en parapsicólogo primitivo, ocultista zen, genio del cine negro y del fantástico celta, autor inspirado de unas veinte de las más bellas películas de la historia del cine, películas modernas, barrocas, definitivas. De La mujer pirata guardamos en la memoria una escena desconcertante, como una rayadura, una quemadura: Jean Peters, sexy como un cañón, luminosa como una vela, pirata de por vida, abofetea con mano demasiado fuerte de chica un poco demasiado fiera el bello rostro ambiguo de Louis Jourdan; la sangre que brota en sus labios demasiado rojos; la sangre que maquilla sus labios de chica; el travestismo corsario, la ambigüedad queer, casi ya drag-queen, el disfraz definitivo, el amor, el amor, el amor...

Hijo de su padre, el gran Maurice Tourneur, una especie de George Cukor mudo que conservó su dignidad pese a la llegada un poco brusca del sonoro (un hombre que no se iba a la cama con los calcetines puestos, si se prefiere), Jacques T. pasa hoy, a justo título, por ser el genio B por excelencia, una especie de teórico del fantástico sugerido cuyo understatement, con la sobredosis gore, se hace cada vez más valioso. Si su mujer pirata no llega al nivel de Una pistola al amanecer, western de cámara, ni de Wichita, western western, su dinámico technicolor hace milagros vermeerianos, a la imagen del pequeño trozo de muro amarillo caro a Proust, que él resucitó en el vestido del mismo color de Cita en Honduras. Lo cual demuestra que el cine, cuando no tiene miedo de los fantasmas, puede prolongar la literatura, la pintura, el teatro sobre todo, sin tener miedo de sobrecargarse con esas formas de expresión artística que transfigura como un vampiro, cuando llega la noche.

El cine de Tourneur piratea las otras “artes” con una modestia de doncella. Se las sabe al dedillo esas artes, las frecuenta, las saquea. Sus mujeres leopardo y sus mujeres gato nos miran fijamente en los ojos. Brrrr.

Louis Skorecki. Reseña publicada en Libération 18.05.1999

AVENTURA

Introducción a un número especial sobre el cine de aventuras

Con las palabras ocurre como con las personas: mientras que un primer y superficial contacto nos persuade fácilmente de tener una comprensión plena de ellas, cuanto más nos adentramos en su intimidad más descubrimos su naturaleza ambigua, huidiza, ajena. ¿Se nos impediría pensar que la “aventura”, en el campo cinematográfico, aprovechando la falta de atención general, podría adornarse con las plumas de uno de esos loros de los que hablaba Valéry en La idea fija? En otros términos, al considerar la locución “cine de aventuras”, si concentrara mi mirada en ese genitivo: de “aventuras”, ¿tendría alguna certeza de que no se desvanecería como humo, ya que su paso al estado sólido solo se debe al consentimiento general con las facilidades terminológicas de una clasificación, incluso si esta clasificación no abarca nada preciso?

Una película de aventuras, ¿qué es lo que podría representar a los ojos de la inocencia crítica? Buscando en el diccionario Larousse la palabra “aventura”, leo:

“Acontecimiento inesperado, sorprendente o extraordinario”.

Consultando a continuación el diccionario Littré, selecciono de las siete u ocho acepciones las dos siguientes, que tienen relación con mi tema:

“a) Lo que acontece de manera fortuita; b) Empresa, acción arriesgada.”

Así, mientras que el Larousse insistía sobre la sorpresa, y el Littré sobre la incertidumbre, la palabra “aventura” abarcaba en las dos obras -y en las demás, probablemente- el sentido de un acontecimiento o una acción a la vez excepcionales y entregados a la contingencia: el acontecimiento en cuanto a su aparición, la acción en cuanto a su resultado.

Instruido por el criterio de los lingüistas, me hacía falta a continuación buscar lo que, en mi propia mente, se escondía tras el concepto de “película de aventuras”. No sé muy bien por qué, vi en primer lugar el color: probablemente porque pertenece a la esencia de una película dar el máximo crédito posible del mundo. Vi también un desplazamiento en el espacio, ya que el cambio de lugar, al borrar la costumbre y sus cálculos, se revela como singularmente propicio al nacimiento de lo extraordinario y lo arriesgado. Vi finalmente a hombres fuertes, acciones nítidas y bellas, una psicología y una moral simples, ya que no se trata de descender a los abismos del alma o de definir conductas, sino de desvelar, en una confrontación luminosa, los recursos de elegancia y de nobleza, de grandeza y de exaltación, que la vida reserva a quien sabe tomarla como es debido.

Por tanto, el análisis sucinto de las representaciones y juicios cristalizados en torno al concepto de película de aventuras se correspondía estrechamente con las definiciones propuestas por los lingüistas. Qué es, en efecto, una película de aventuras, si no la relación fotografiada de una historia sembrada de acontecimientos inesperados y sorprendentes, propicios para fortalecer al ser humano en la certeza de que la vida merece la pena de ser vivida. A título de ejemplo que ilustra esta definición, recordemos que la muerte, en una película de aventuras, no se muestra jamás como la prueba del fracaso y la vacuidad de la vida, sino como una transfiguración última del héroe…

Quedaba por aclarar un último punto. ¿Por qué una obra literaria de aventuras que se atiene estrictamente a la anécdota es a menude de calidad mediocre, mientras que una película de aventuras, incluso si se ciñe sin cambios las acciones descritas por el guion, puede acceder al rango más eminente? La respuesta se encontraría, evidentemente, a partir de un estudio comparativo de las leyes y los resortes que mueven el cine y la literatura. Esquemáticamente: esta última, para existir de manera creativa, no puede limitarse al nivel del simple argumento; es preciso que tome sus distancias, a fin de integrar, en el margen que así se procura, todo el peso y la fuerza de investigación del lenguaje. El cine, al contrario, ya que cubre con carne el esqueleto de la historia que relata -por el hecho de que la pone en escena- toma ipso facto la distancia precisa. El poder de sugestión y de descubrimiento que exigimos a las palabras lo ejerce aún con más fuerza y nitidez el encadenamiento de las imágenes.

¿Qué es una película de aventuras? Es bueno que esta pregunta nos haga deslizarnos naturalmente hacia una interrogación más general: ¿qué es una película? Los géneros no afectan más que a la superficie del arte; la materia es lo que importa. La facultad de la aventura solo se cumplirá en, y por, la materia de las películas, es decir, la puesta en escena.

Michel MourletSur un art ignoré. La mise en scène comme langage.
Ed. Ramsay, 2008.

Traducción de textos: Javier Oliva

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