Ciclo « Ludwig el gran desconocido »


Ludwig el desconocido, Ludwig el magnífico – 
Jacques Lourcelles


Algunos críticos franceses colocaron un día a Edward Ludwig entre los grandes cineastas desconocidos. Pero, ay, las películas que ellos encomiaban resultaron inencontrables y aquellas con las tuvieron que conformarse resultaron una catástrofe.

Michel Mourlet hablaba de una «maravillada mirada sobre la armonía de una pareja, sobre la belleza de los actos, a veces enturbiada por monstruos que el héroe doma; tal es el arte de Ludwig, un arte que no sabe transmutar el vil plomo en oro, sino que consiste en la simple contemplación del oro.[...] Hay en estos films heroicos una respiración tranquila, fuerte, una rara libertad en el interior mismo de las crisis y los relámpagos». Y nosotros escribimos: «Ludwig no es un técnico brillante. Su originalidad radica en la forma en que da vida a una emoción, una relación física y carnal donde el sentimiento prima sobre la acción pura, recuperando inconscientemente la dramaturgia de las más hermosas novelas de aventuras.

Bertrand Tavernier y Jean-Pierre Coursodon. 50 Anos de cine Norteamericano.

Edward Ludwig

Roma es soberbia en muchos aspectos. Este mes, más allá de sus feroces habitantes de rodillas negras bajo las ropas de colores vivos, más allá de sus palacios de color de melón, sus cuentos de mil y una fuentes que laureles y cedros recubren con un murmullo eterno de jardín, podemos ver dos películas sorprendentes, salvajes, que dejan como una huella de garras tras de sí. Se trata de The Fabulous Texan y de The Wake of Red Witch. Ya conocíamos, y nos gustaban mucho, Sangaree, Flame of the Islands, Caribbean y sobre todo Jivaro, en la que un par de dioses, Rhonda Fleming y Fernando Lamas, se acercaban a la felicidad con la lenta fluidez de las barcas. Hay en estas películas heroicas una respiración tranquila, fuerte y de una rara libertad en el seno mismo de las crisis y los estallidos. La elipsis fulminante y los largos silencios hacen madurar el acontecimiento, tejen la trama de una duración narrativa al mismo tiempo que de realidad en bruto, y una y otra se completan y se confunden. Hace falta haber visto a John Carroll, con el agua hasta mitad de los muslos, morir como un jabalí tras lanzar una última dentellada fatal al cazador (en The Fabulous Texan). Y también la agonía de John Wayne en su escafandra llena de agua (en The Wake of Red Witch), mientras el mar traga por segunda vez, y aún más profundamente, el navío cargado de oro, náufrago extraordinario bajo el mar. Dos escenas que suponen un balance del acontecimiento entre una posición de ruptura y una posición de equilibrio; una relojería sabiamente compuesta de silencios, al borde de los cuales el menor crujido retumba como el trueno.

Estas películas de bajo presupuesto dan una impresión de exuberancia: profusión de sentimientos, de acontecimientos, de lugares, impulsados con una maestría de viejo contador de historias bajo la que se abre paso una especie de inquietud revelada por destellos, momentos penetrantes, la laceración de un rostro o de un cuerpo, que confieren una dimensión diferente a obras que podrían compararse a las de Walsh o Dwan. Querríamos llamar aquí la atención sobre un cineasta totalmente desconocido, y del que el escaso número de películas que hemos tenido ocasión de ver justifica, cosa poco común, que dejemos Roma y el sol por un instante para encerrarnos en una sala oscura.

Michel Mourlet: Sur un art ignoré. La mise en scène comme langage.
Ed. Ramsay, 2008.

Edward Ludwig

Traducción de textos: Javier Oliva